25-6-2012
SYLVAIN ESTIBAL
Francés, pero afincado en Uruguay desde hace casi cinco años, Estibal es periodista, escritor y director. Su film «Cuando los chanchos vuelen» se verá a partir del 6 de julio.Francés, pero afincado en Uruguay desde hace casi cinco años, Estibal es periodista, escritor y director. Su film «Cuando los chanchos vuelen» se verá a partir del 6 de julio.
MATÍAS CASTRO
Estibal llevaba un año en Uruguay trabajando en la agencia France Press, cuando comenzó a pensar en la idea de esta película. Ya había escrito varias novelas y libros periodísticos. Una de ellas, El último vuelo del Lancaster, sobre el destino incierto de un aviador francés que se perdió en el desierto, había sido adaptada al cine en 2009. Para Cuando los chanchos vuelen (Le cochon de Gaza) resolvió no sólo escribir, sino también dirigir. Y convocó a su esposa, la actriz Myriam Tekaa. El film trata sobre un pescador palestino de la franja de Gaza que pesca un cerdo y se ve metido en una farsa con humor absurdo para ocultar al animal. En Francia fue vista por 300 mil personas y ganó el premio César a Mejor Ópera Prima.
-¿Cómo se pasa de la experiencia de escribir novelas y libros periodísticos a la decisión de ponerse atrás de cámaras, dirigir actores y meterse en toda la complejidad que implica una película?
-Cuando se hizo la película sobre mi novela, que trataba de un piloto que desapareció en el desierto en 1993, quedé muy decepcionado. Pensé que si la hubiera hecho yo habría quedado más conforme o más de acuerdo con lo que yo quería contar. Cuando se me ocurrió la idea de Cuando los chanchos vuelen, la presenté a un productor. Le gustó, vio mis cortos y aceptó mi propuesta de dirigirla yo. Fue un salto al vacío, pero tenía la certeza de que tenía que hacerla yo y no dejarla en manos de otros.
-¿El motivo fue solamente la adaptación de su guión o el tratamiento del tema?
-Como se trata de un tema muy sensible quería manejar todo, porque la línea que hay que seguir en este conflicto es muy fina. Y me dije que si había que hacer una mala película, quería hacerla yo. La experiencia de hacer cortos, en los que hice todo, me ayudó mucho.
-¿Cómo se gestó la idea?
-Se me ocurrió al ver los barcos que se van con las ovejas desde acá. Se mezcló con otra idea que tenía, a partir de que un fotógrafo israelí me contó que había crianza de cerdos en Israel. Me contó que no podían tocar el suelo y que por eso lo hacían a un metro de altura. Me pareció una cosa muy absurda y la terminé mezclando con eso de los barcos que se iban de acá. Como el rechazo del cerdo es algo en común en las dos comunidades, israelí y palestina, se me ocurrió que se podía hacer algo con el tema de la paz.
-Igualmente la película es una comedia.
-Sí, pero siempre digo que es un grito de rabia humorístico. La mejor forma de denunciar algo es que lo que se dice sea aceptable y gracioso para todos. Igualmente viene de la rabia sobre una situación que no se puede cambiar. Pensé que hacerla de manera graciosa le daría más impacto. Mi primer corto fue más dramático, el segundo tenía algunos puntos en común con esta película porque era sobre la campaña presidencial francesa de 2007 vista a través de los animales del campo. Así que en esta película quería que el espectador tuviera la sensación de estar en Gaza, de ver la realidad, pero sin perder la alegría.
-¿Cómo llevó en paralelo el trabajo de la agencia y la película?
-El guión lo escribí aquí. Para la filmación y la preproducción me fui siete meses, que estuve en París y después filmando en Malta. La posproducción fue un poco complicada, tuvieron que hacer muchas gestiones por el dinero y demás.
-¿Cómo fue el trabajo con su esposa?
-Ella fue una gran colaboradora artística y me ayudó para no hacer una visión esquemática, estereotipada y tonta del mundo árabe. Ella me ayudó porque viene de esa cultura y me asistió para no caer en errores propios de un europeo. También me ayudó en el tema del arte, de los lugares y los vestuarios. Ella actuó en un papel de israelí, cosa que fue parte de una decisión mía. Quería evitar tener una israelí en el papel de una israelí, por eso puse a ella, que es árabe, en el papel de judía. Quise cruzar nacionalidades y como es una comedia estaba bien para bajar la presión.
-¿Y en cuanto al actor?
-Escribí el guión sin pensar en nadie. En el momento de buscar a los actores, me lo sugirieron y de inmediato me di cuenta que era él. Él es un actor muy conocido en Israel y hacer de palestino fue una decisión dura. Tuvimos varias reuniones en las que le conté mi visión, mi idea sobre la película y lo que quería y así nos pusimos de acuerdo. Durante el rodaje surgieron algunas discusiones sobre los temas que tomábamos y cómo lo hacíamos. Yo quería dar mi punto de vista sobre lo que hace Israel y Palestina, quería decir lo que me parece y él lo aceptó.
-¿Se encontró con resistencias al proyecto?
-Había temores de varios productores. Fue muy difícil armar el proyecto en Europa. Muchos productores no se querían arriesgar, por el tema. Hubo un punto en que casi no la hacemos y fuimos salvados por Canal + y la Comunidad Europea, que nos dio el máximo de sus aportes al cine. Esto nos enseñó que el tema está muy caliente. El hecho de que no éramos israelíes ni árabes, lo hizo más complicado. Yo les decía que no me comparo con Chaplin, pero cuando él hizo El gran dictador no necesitó ser judío ni nazi para hacer una gran película. La cosa no es sólo hablar de uno mismo, sino hablar de un tema que le interesa a uno. Por suerte encontramos gente que estaba abierta.
-En cuanto a público el resultado fue muy bueno. ¿Por qué funcionó tan bien ante la gente?
-Teníamos miedo de que la gente quemara las salas, pero no ocurrió. Al contrario, fue todo positivo. De ambos lados fue bien aceptada, tanto por el lado israelí en Europa y por la Asociación Frente Palestino, que incluso armó debates. Para mí el mayor éxito fue que ambas partes la aceptaron. El deseo de hacer esa película vino de una rabia que todos tenemos ante una situación que vemos y no podemos manejar. Creo que eso la gente también lo siente y la película fue como una catarsis, ya que podían reír sobre el tema. Mismo en la región me dijeron que tenían muchas ganas de reírse de sí mismos, pero la presión de lo que venía de afuera no se los permitía. «Por fin podemos reír de nuestros problemas», me decían. Los europeos la veían como algo que al fin les daba una visión optimista.
-En sus libros y en parte en esta película, el desierto es un elemento constante. ¿Qué le atrae de esta geografía?
-El desierto es muy parecido a la montaña, es un lugar que me resulta muy pacífico. Es un lugar donde no hay nada pero en donde parece haber una armonía del hombre y del cosmos. Por algo antiguas civilizaciones aparecieron en el desierto. Estás ahí y te parece tocar algo verdadero. Incluso la muerte parece mucho más aceptable. Y ahí parece que siempre sos el primero en pisar cada lugar, solamente está la naturaleza vacía, con el cielo. Es un mundo limpio, sin el hombre.
Experiencia previa que sirve de apoyo
Entre la escritura de una novela o de un libro de entrevistas, y la dirección de una película, hay todo un salto. «Los dos cortos que hice antes de venir a Uruguay fueron experiencia previa», explicaba Estibal con respecto a los puntos de apoyo que tuvo para meterse en su exitosa ópera prima. «Mi pareja, que es actriz, me decía que yo podía hacer un largometraje» y por eso se decidió a dirigirla. Ha contado también que utilizó su experiencia como periodista y fotógrafo para lograr una mejor aproximación a la realidad que quería pintar, en una zona tan conflictiva.